Rapote

Aurea mediocritas…

Cuentos, Literatura, Semblanzas

Juego de 10…

Hay situaciones difíciles comprender, que carecen de explicación lógica. Y que, aún a riesgo de caer en matices místicos, es mejor darle lugar a una argumentación mágica y surrealista que justifique -aunque de forma incomprobable- aquellos sucesos que no podemos explicar…

Esta es la historia de un pibe del sur, cuya única aspiración era ser jugador de fútbol. Perpetuo Cantero era un chico flaco, lungo, desgarbado. Diestro para todo, menos para jugar al fútbol. Tenía hiperlaxitud articular, aunque nunca fue diagnosticado ni tratado. Se doblaba todo… pero no se rompía.

Sus padres eran paraguayos. Alicia trabajaba limpiando casas y Don Cleto era el clásico zapatero remendón. Vivían «en la otra punta de Gerli», en el ‘Barrio 7 de Enero’. Cerca de donde la geografía gerliana dibuja un triángulo y Camino Gral. Belgrano se une en punta de flecha con la Av. Bustamante.

Para un pibe con ganas de jugar al fútbol aquello podría ser lo más cercano al Paraíso… ¡Había clubes por todos lados! Así fue que, a muy corta edad y sin acompañamiento de sus padres, comenzó a andar y desandar los caminos que lo llevaron a jugar en uno y otro club.

A muy pocas cuadras de su casa tuvo su debut, de lila y blanco, en el Club Deportivo Deheza de Sarandí. Que no está en Sarandí sino en Gerli, la calle del Club es el límite geográfico y separa a Gerli del «Barrio 7 de Mayo». Barrio que tampoco es de Sarandí sino de Villa Domínico. Es que en Sarandí no hay nada, se sabe…

Los coordinadores del Futsal Infantil lo hacían jugar en la defensa. Es que Perpetuo aventajaba en más de una cabeza a los de su generación. Y ganaba todo por arriba. Pero él quería jugar en la ofensiva. Si bien se destacaba como último hombre, no le gustaba para nada.

Se probó sin éxito en los clubes Barceló y Real Buenos Aires, todos muy cerca de la zona. Es que quería jugar en cancha de once, no al Futsal.

Desde su casa y bajando derecho por la diagonal Pitágoras -que cruzando Camino Gral. Belgrano se convierte en Gral. Pinto- atravesó el Barrio Santa Teresita hasta llegar al Club Social y Deportivo Villa Porá, de Lanús Este. Allí -vistiendo de verde y amarillo- completó más de un torneo y hasta logró un Campeonato. Siempre en la defensa…

Como se le escapaban maldiciones en guaraní no tardaron en apodarlo «Chipá». No sonaba mal ‘Chipá Cantero’, al fin y al cabo nunca estuvo contento con su verdadero nombre.

Buscando otra posición en el campo de juego, esta vez se adentró en Villa Corina. Y esquivando los fondos del Cementerio de Avellaneda llegó al Club Gabino Alegre. Y al amarillo y verde -que usó en Villa Porá- ahora le agregó una franja negra.

Es que el verde amarelo domina la zona (el «Club 6 de Enero», en la misma manzana del Colegio San Vicente de Paul, también viste así).

Un invierno se definía el campeonato de Futsal de FADI Avellaneda. El Club Gabino Alegre, de la mano de Cantero, había cosechado muchos triunfos y era claro candidato. Pero el fútbol de Chipá cayó en un pozo. De pronto no le salía una…

Perdió la cinta de Capitán primero, fue relegado al banco de suplentes después y, finalmente, no fue considerado en el equipo. Hacia octubre colgó los botines…

Resignado y dedicándose -más y mejor- al estudio, por las tardes iba con su bicicleta por todos lados. En el verano, no pisaba su casa mas que para almorzar y cenar.

Una tarde de febrero se quedó a ver un ‘picado’ en el potrero que está en las calles Bouchard y Villa de Luján, atrás de la curtiembre. Cancha de once. Los partidos se sucedieron en continuado, estaba lleno de gente. Un equipo se preparaba para ingresar, estaban muy nerviosos porque faltaba uno; aparentemente el mejor de ellos…

La estatura de Cantero lo hacía ver mayor… Desesperados, le ofrecieron jugar.

«-Juego de 10, soy Chipá Cantero.» Dijo con seguridad, y como si al decir su nombre estuviese pronunciado el de un futbolista consagrado.

Entre risas nerviosas y asombros, le tiraron una camiseta blanca y negra. Estos muchachos eran hinchas de El Porvenir y en estos partidos se identificaban con sus colores. Era la N°10, porque efectivamente iban a dársela a quien nunca llegó a tiempo. Los dos jugadores extras que llevó el equipo prefirieron mantener su condición de suplentes, sobre todo porque al no venir «El 10» auguraban el peor desenlace. Así Cantero fue titular en un cotejo inesperado. Fue el N°10 titular…

Chipá jugó un partido soñado. Hizo todo bien. Desplegó un fútbol vistoso y virtuoso, asistió a los delanteros con criterio, distribuyó el juego medio a lo ancho, se cortó en diagonal sorprendiendo a los defensores rivales… Y hasta hizo un gol de tiro libre. Al ángulo superior derecho del arquero, «allí donde duermen las arañas» como alguien dijo alguna vez.

Lo sacudieron fiero una, dos, tres veces… Tuvo que aflojar porque estaba muy golpeado y se le dificultaba correr. El 2-0 con el que su equipo iba ganando se puso en peligro ni bien abandonó el terreno. Enseguida descontó el rival. Pero faltaba poco y, agónicamente, consiguieron la victoria.

A Chipá le dieron un par de billetes grandes… Así supo que en aquellos partidos se jugaba por dinero. Y los miembros de su circunstancial equipo se enteraron de que todavía no tenía ni 14 años de edad, que los iba a cumplir el mes siguiente.

De los dos billetes que recibió, Chipá Cantero propuso devolverles uno a cambio de la camiseta que vistió y aún llevaba puesta. Aceptaron el trato aclarando que se la hubiesen regalado pero agarraban el billete porque debían reponerla «y la mano venía difícil»

Chipá descansó una semana de todos sus golpes, que alivió con una bolsa de hielo. Lavó la camiseta el primer día y la usó casi constantemente. Se enamoró de aquella N°10 blanquinegra que vistió en el mejor partido de su vida.

Cayó en la cuenta de que casi todos los días pasaba por la puerta de un galpón -sobre la calle Pitágoras- que tenía pintadas de «El Porve». Enseguida averiguó que si bajaba -siempre en su bicicleta- por la calle Deheza hasta la Av. Gral. Rodríguez y luego continuaba derecho hasta el Puente iba a llegar al Club, que no estaba tan lejos de allí…

Fue así que una mañana de marzo, a un par de días de cumplir sus 14 años, fue directamente a probarse a El Porvenir. El día de la prueba pareció una continuación de aquella tarde de Villa de Luján. Sólo que aquí jugaba entre chicos de 13 y 14 años que aspiraban ingresar a la Novena División. Imaginen el desparramo

Vamos a resumir el resultado: Chipá Cantero se floreó. Los entrenadores de divisiones infantiles e inferiores quedaron maravillados.

Y así comenzó a entrenar… Y a jugar en El Porvenir.

Se la pasaba en el Club. No solo entrenaba y jugaba sino que veía los partidos de las otras divisiones, de la Reserva… Y de la Primera.

Corría el año 1998 y el equipo de Ricardo Calabria descollaba. Fernando Dubra, Carlos Andrade, Iván Delfino, Juan Lago Estalote, Héctor Luengo, Adrián González, Marcelo Franchini, Mariano Valentini, Miguel Coronel, Diego Monarriz, Rubén Forestello, Walter Sanfilippo… Todos ésos nombres comenzaron a ser familiares para Chipá Cantero… Pero muy especialmente el de José Luis «Garrafa» Sánchez, cuya magia hacía balancear los hilos del equipo en búsqueda del Campeonato 97/98 de la B Metro y del ascenso al Nacional B.

Cantero soñaba con este plantel, con el Club, con triunfar en las inferiores y poder jugar en el primer equipo. En la 9ª División su desempeño trascendió las fronteras barriales.

Sin mencionar -por desconocimiento- su nombre, se decía que «-En las inferiores del Porve hay un 10 paraguayito que la descose…»

Tacos, rabonas, sombreros, bicicletas… Más fantasías que en el País de las Maravillas de Alicia. Pero lo que lo diferenciaba del resto de los jugadores atorrantes y de buen pie, fue la contundencia. Chipá Cantero también hacía goles… Y se los servía al resto.

Al igual que el año anterior -en Gabino Alegre de Villa Corina- y al acercarse el invierno, Chipá comenzó a fallar rotundamente. Como una ‘Cenicienta del Potrero’ que al llegar las 12 se volvía calabaza.

Los directores técnicos, en virtud de lo increíblemente mucho y bueno que siempre mostró el joven jugador, le mantuvieron crédito abierto; confiando en su recuperación. Pero iba de mal en peor, en caída libre…

De la platea -habitualmente llena de familiares de ambos equipos participantes- surgieron los primeros gritos que lo adjetivaban negativamente: «-¡Burro!» «-Muerto de hambre»

Otra vez el banco. Otra vez la depresión. Y otra vez, la exclusión del equipo. Cantero volvió a su casa y, por segunda vez en su corta vida, colgó los botines.

Continuó yendo al club para ver cómo el equipo que admiraba se coronaba Campeón y ascendía al Nacional B. Pero su alegría estaba teñida de tristeza… Su sueño de vestir la 10 de El Porvenir tal y como lo hacía Garrafa se había desvanecido.

¿Qué decir de un «jugador» de fútbol que nunca pasó de 9ª División? ¿Desde dónde abordar épicamente una actuación en divisiones inferiores de apenas media temporada? ¿Cómo hacerlo además si, por razones obvias, nadie lo recuerda?

Algunos que escucharon de algunos otros, que algunas veces lo vieron jugar…
Otros más que supieron por otros menos, que el muchacho finalmente se casó y se fue a Paraguay.

Por vecinos de su barrio -que recibieron cartas y fotos de sus padres, desde Paraguay- se supo que diez años más tarde se radicó en el Barrio Centenario (a unos 100 km. de Asunción) y que allí jugó en el primer equipo del por entonces recién fundado «Club Deportivo Caagauzú», apodados «Los Madereros». Allá, por lo corriente, había perdido el mote de «Chipá». La foto de Perpetuo Cantero que les llegó lo mostró en familia, con su mujer, tres hijos… Y vistiendo la N°10 del Porve.

Ya no diez sino veinte años más tarde y en la tribuna cabecera del Estadio de El Porvenir se escuchó una conversación de ésas que, de tantos «bueyes perdidos», abordaron este tema tan desconocido como olvidado: hablaron de Chipá Cantero, claro que sí.

La veracidad de los dichos de uno y otro interlocutor fue, cuanto menos, cuestionable. Pero… ¿Por qué dudar si al fin y al cabo el desenlace de esta historia ya lo conocemos y sólo da cuenta de un fracaso rotundo?

Los que comentaban -entre onomatopeyas, gesticulaciones y ampulosos ademanes- eran, como se dice en la calle y coloquialmente, «dos personajes»

Un viejo con anteojos de gruesos cristales verdes, con una gorra negra con letras «U.F.C.» de metal cromado. El otro era unos quince años menor, regordete y con una remera de unos dos talles menos con la inscripción «CROSSFIT».

Era una conversación amena, emotiva y de tono evocativo. No había debate alguno porque ambos coincidían: «-Chipá Cantero era un crack.»

Mientras el más joven sostenía que de no haberse malogrado podría haber sido tan Grande como Diego Maradona, el más viejo nos legó la explicación más bizarra jamás fundamentada.

Pero tenía tanta información y tan detallada que, a pesar de lo inverosímil y esotérico que resultó su relato, nos dejó zapateando en el lugar y con ganas de enmarcarlo.

Hasta aquí entonces hemos conocido los hechos de la historia de Perpetuo Cantero, sin apartarnos demasiado de lo que suponemos son anécdotas ciertas. Ahora -en los dichos de este viejo desconocido- accederemos a lo que para él y su interlocutor de aquella tarde se convirtió en una «verdad revelada» y para nosotros será una solución contrafáctica para explicar aquello que -desde los datos duros- apenas pudimos soslayar. Veamos…

Chipá Cantero nació un día 7 de marzo. El Santoral señala que es el día de las «Santas Felicidad y Perpetua», mártires catecúmenas. Hijo de paraguayos católicos, adeptos de bautizar a sus hijos con el nombre del ‘Santo del día’, se les atragantó ‘masculinizar’ el nombre Felicidad. Pero sí Perpetua, por lo que se llamó Perpetuo.

7 de marzo… Felicidad y Perpetua murieron martirizadas por el Emperador Septimio (séptimo) Severo.

Perpetuo nació y creció entre los barrios «7 de Enero» y «7 de Mayo«. Trasladados al almanaque, ambos están exactamente a dos meses de distancia de la fecha de cumpleaños de Cantero.

Chipá quedó futbolísticamente anclado en el triángulo calendario por el que transitó su infancia. Su felicidad comenzaba el 7 de enero pero no era perpetua ya que moría el 7 de mayo.

Según nuestro pintoresco cronista, esto explicaría las razones por las que Chipá Cantero jugaba magistralmente durante un período corto -exactamente 4 meses- y el resto del año a gatas podía parar decentemente una pelota.

Ahora habría que releer el primer párrafo de esta historia, para concluir preguntándonos: ¿Y por qué no?

@Rapote

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