Rapote

Aurea mediocritas…

Cuentos, Literatura, Semblanzas

El suicidio consciente de Osmar

«Esta no es la historia de un tipo cualquiera
Que, una tarde bochornosa de domingo,
Frente al televisor sufrió la espera
De saber el resultado de un partido.»

Esta es una historia -más o menos real- de un suicidio real. O casi…

Osmar era un tipo bien de barrio. Laburante, fanático del fútbol, buen vecino. Pero su afición al Liquore Strega fue su perdición…

Uruguayo descendiente de italianos, se perdía por el amarillento brebaje.

Cuenta la historia -ésa que va de boca en boca y no se escribe- que su familia, cristianos muy devotos, se afincaron en Jáuregui por su cercanía a la Basílica de Luján. Tenían una carbonería.

Osmar, desde muy chico, se colaba -lo dejaban pasar, vamos- en el Estadio Carlos V para ver a Flandria.

De mozo viajaba a Buenos Aires con un expreso, llevando y trayendo correspondencia. Aquí, en un baile a beneficio, conoció a una piba de Villa Centenario (allá por atrás del Cementerio de Lomas de Zamora).

La piba se llamaba «Moira», que era un nombre galés. Pero en el documento figuraba «Mirna», porque Moira no estaba en el ‘listado de nombres permitidos’ en el Registro Civil.

La relación creció y se casaron. Con la ayuda de los tanos carboneros y de la familia «allá en Gales» arrimaron la compra de una casita en Gerli, a metros de las vías. De allí que en las tardes que jugaba «El Porvenir», cruzaran el paso a nivel para ver el partido en la tribuna de tablones.

Moira empatizó rápidamente con los colores blanquinegros. Osmar decía que sí. Pero todos sabemos que no, su corazón «canario» se quedó -futbolísticamente- con el amarillo de  Flandria…

El hermano de Moira, «Leolin» (en el Documento le pusieron Lisandro pero todos le decían «Lito») era feriante y Osmar se puso a laburar con él. Su puesto era de venta de chacinados, encurtidos y embutidos. Los iba a buscar él mismo a Jáuregui, de paso visitaba a sus viejos.

Tenía un chango que instalaba día a día en distintos lugares en los que este tipo de actividad estaba reglamentada, porque Lito no tenía un peso pero era muy reglamentarista.

Con el tiempo y gracias a sus habilidades metalúrgicas abandonó la feria para dedicarse a la reparación de changos de feria de sus ex-colegas.

Lo hacía en la calle, en la puerta de su casa, con soldaduras autógenas y con arco.

Jamás se lo había visto borracho.

Pero un buen día -y nadie sabe por qué- amaneció recostado sobre la reja de su propio terreno, totalmente en copas y con mucho olor a Strega.

Se aficionó al tradicional licor itálico y no hubo forma de sosegarlo de aquel flagelo. Dicen algunos que todo comenzó en el «Bar de Pocho» (en la bajada del Puente de Gerli) y que arrancó como un chiste, que lo probó «porque era amarillo, como la camiseta de Flandria».

Su señora comenzó -por una cuestión económica ya que el Strega costó siempre sus buenos pesos- a rellenarle botellas vacías con limoncello de fabricación casera (con mucho mas alcohol que el comercial).

Osmar nunca dejaba de jugar su boletita de prode. Todas las semanas estudiaba y apostaba -en la Agencia de Quiniela que está a metros de la parrilla de Pocho- para repasar atentamente los resultados el día domingo.

Siempre estaba entre los 9 y 11 puntos. Muy regular -e impresionante- su performance.

La decadencia lo llevó a dejar su trabajo habitual -en realidad se quedó sin clientes, que lo encontraban siempre bebido- y se dedicó, por fuerza, a manejar un remis.

En ocasión de viajar con él y, reconociéndose hipertenso, me dijo algo más o menos como esto:

«-…la otra vez estaba meando y sentí el líquido caliente en una gamba. Estaba tan borracho que pensé que me había meado encima, pero no. Era sangre que me salía de una vena de la mano, porque tuve un tremendo pico de presión. ¡Ma’ sí! Un día en lugar de la mano me estalla una vena pero en el cerebro y a la mierda. Me pongo a descansar en serio de una vez por todas…»

Pero no fue así como sucedió…

Tal parece quiso «forzar» un ataque de presión chupándose tres botellas enteras de Strega un domingo en el que había comido -se supo luego- todo con mucha sal a pesar del enojo de su mujer y de sus siete hijos.

A estas alturas Osmar ya sabía que Mirna (ahora le decía así, sólo para contrariarla) le rellenaba las botellas pero ya no le importaba. Se había acostumbrado al brebaje y, al final de cuentas, parece que lo que más le importaba era el color del mismo.

En fin… No conforme con el desarreglo de aquella ingesta -y como al parecer no dió resultado- hizo lo que el protagonista de la milonga «Tres Puntos», quitándose la vida mediante la intoxicación con monóxido de carbono.

Que abrió todas las hornallas y el horno para que saliera el gas, es ésto lo que relato.

Por suerte buscó un momento de soledad, no como el de la milonga. Pero sí -al igual que en la milonga en este caso- dejó su boleta de Prode sobre la mesa con increíbles dos puntos… ¡Dos puntos! Peor aún que la performance descripta por Luis Alposta y Edmundo Rivero.

Los motivos verdaderos que lo sumieron en la depresión y el alcoholismo; que lo arrastraron a quitarse la vida, no se pueden precisar. Pero seguramente tuvieron que ver con el desarraigo, con la falta de identidad, con la rutina… y con el fútbol.

Se lo lloró poco y enterró muy rápido al pobre. Su evocación surgía cada vez que alguna boleta de Prode obtenía resultados paupérrimos… ¿Hoy? Hoy no hay Prode. Y ya nadie se acuerda de Osmar.

@Rapote

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